QUIÉN FUERA HIPSIPILA
QUE DEJÓ LA CRISÁLIDA.
He
visto demasiadas veces el atardecer. He visto como se ahoga en las montañas la
inmensa llama naranja que hierve, ya sin aliento, las melancólicas gotas del
rocío que aún guardan el insomnio de los paisajes que empiezan a viajar
dormidos hacia la noche. Atardeceres de todos los matices que guardan aun
recuerdos de ayer, de días antiguos y heridos, de tardes ausentes y tristes.
También luces rojizas como arenas desérticas, aparecen en cada atardecer
trayendo insuperables alegrías en las que ver el atardecer era una obra de arte
pintada en el cielo para inmortalizar el amor.
Hoy
es un atardecer como muchos otros que nunca se recuerdan. Un atardecer bañando
de rayos suaves, adornado de azul y verde, humedecido por las lágrimas del
norte que vienen agasajadas de los templos de Odín. El viento acaricia
suavísimo los prados, mientras golpea gentilmente vidrios y asfalto, rompiendo
silencios y depresiones de encierro, como canta al mismo tiempo que corazones
risueños atrapados en nirvanas. Un atardecer perfumado de noche, iluminado ya
por algunas ráfagas del fin del ocaso en el que empiezan a brotar estrellas de
las que emanan dulces estelas, centelleando el horizonte, y de las que alcanzan
a verse imágenes e historias tejidas sobre la línea del tiempo por manos
múltiples que acompañan cada día de la humanidad.
Un
atardecer discreto, sin mucho ruido citadino, sin muchas sombras y sin muchas
premoniciones. Un atardecer que apunta al este, desmitificando toda brújula y
bruja. Un atardecer en la que magias y hechizos revolotean invisibles,
desvaneciéndose lentamente en la hondonada, debido a que la naturaleza no
permite más invenciones humanas para detener sus espacios, en los que
eternamente cumplen sus ciclos y sus vidas, los hombres, los árboles y las
mariposas.
Pero
al horizonte adornan colores difuminados, que llevan las alas de mariposas, que
llevan los ojos, que llevan las manos. Dejan rastros los colores que surcan el paisaje ondeando en la lánguida muerte del sol en la ciudad. Es en este instante que
recuerdo aquel rostro, que recuerdo como enternecido se apoyaba en mis hombros
y como fusionado junto al mío, elevaba en los sueños un futuro incierto, que
hoy a la distancia, perece en lo alto de mi mundo, y suspendido ahí, un triunfo no alcanzado me recuerda.
Entonces
recorro el devenir y las cornisas, las calles y los pastos, recorro fascinante
desde mi ventana cada árbol que alcanzo a visualizar virtualmente en mi conciencia,
y cada pájaro, y cada gato y cada perro. Y al fin de observar cada rincón en mi
mente, al terminar mi sueño y mi presagio, brota al fin de cada crisálida una hipsipila, que vuela bajo aleteando entre respiraciones de las hojas, buscando algunas flores, buscando
algunos sueños. Es bello seguir el rastro de las mariposas. Es mágico
imaginar como vuelan y se posan sobre aquel cuerpo y rozan su piel, y como sus
alas cosquillean sus curvas imitando mis caricias. Y quién fuera hipsipila que
dejó la crisálida, para recordar viviente cada olor y cada coyuntura, en la que
se fundieron algunas veces las almas.
Así,
como en el ciclo de vida de las mariposas, se ha muerto tantas veces el
atardecer. Funesto aparece el escenario de la naturaleza que mantiene lo
eterno. Y así, casi al mismo tiempo, me observo divagando entre atardeceres
moribundos y la explosión de cada crisálida.
Veo
como escapan de su prisión alas y colores. Por eso es un atardecer diferente,
lleno de magia. Magia al fin, que
desaparece en la muerte, como las mariposas, que al día siguiente y bajo los
rayos solares, han quemado las alas en un espantoso crujido…
No hay comentarios:
Publicar un comentario