jueves, 1 de marzo de 2012

QUIÉN FUERA HIPSIPILA QUE DEJÓ LA CRISÁLIDA.


QUIÉN FUERA HIPSIPILA QUE DEJÓ LA CRISÁLIDA.

He visto demasiadas veces el atardecer. He visto como se ahoga en las montañas la inmensa llama naranja que hierve, ya sin aliento, las melancólicas gotas del rocío que aún guardan el insomnio de los paisajes que empiezan a viajar dormidos hacia la noche. Atardeceres de todos los matices que guardan aun recuerdos de ayer, de días antiguos y heridos, de tardes ausentes y tristes. También luces rojizas como arenas desérticas, aparecen en cada atardecer trayendo insuperables alegrías en las que ver el atardecer era una obra de arte pintada en el cielo para inmortalizar el amor.

Hoy es un atardecer como muchos otros que nunca se recuerdan. Un atardecer bañando de rayos suaves, adornado de azul y verde, humedecido por las lágrimas del norte que vienen agasajadas de los templos de Odín. El viento acaricia suavísimo los prados, mientras golpea gentilmente vidrios y asfalto, rompiendo silencios y depresiones de encierro, como canta al mismo tiempo que corazones risueños atrapados en nirvanas. Un atardecer perfumado de noche, iluminado ya por algunas ráfagas del fin del ocaso en el que empiezan a brotar estrellas de las que emanan dulces estelas, centelleando el horizonte, y de las que alcanzan a verse imágenes e historias tejidas sobre la línea del tiempo por manos múltiples que acompañan cada día de la humanidad.

Un atardecer discreto, sin mucho ruido citadino, sin muchas sombras y sin muchas premoniciones. Un atardecer que apunta al este, desmitificando toda brújula y bruja. Un atardecer en la que magias y hechizos revolotean invisibles, desvaneciéndose lentamente en la hondonada, debido a que la naturaleza no permite más invenciones humanas para detener sus espacios, en los que eternamente cumplen sus ciclos y sus vidas, los hombres, los árboles y las mariposas.

Pero al horizonte adornan colores difuminados, que llevan las alas de mariposas, que llevan los ojos, que llevan las manos. Dejan rastros los colores que surcan el paisaje ondeando en la lánguida muerte del sol en la ciudad. Es en este instante que recuerdo aquel rostro, que recuerdo como enternecido se apoyaba en mis hombros y como fusionado junto al mío, elevaba en los sueños un futuro incierto, que hoy a la distancia, perece en lo alto de mi mundo, y suspendido ahí,  un triunfo no alcanzado me recuerda.

Entonces recorro el devenir y las cornisas, las calles y los pastos, recorro fascinante desde mi ventana cada árbol que alcanzo a visualizar virtualmente en mi conciencia, y cada pájaro, y cada gato y cada perro. Y al fin de observar cada rincón en mi mente, al terminar mi sueño y mi presagio, brota al fin de cada  crisálida una hipsipila, que vuela bajo aleteando entre respiraciones de las hojas, buscando algunas flores, buscando algunos sueños. Es bello seguir el rastro de las mariposas. Es mágico imaginar como vuelan y se posan sobre aquel cuerpo y rozan su piel, y como sus alas cosquillean sus curvas imitando mis caricias. Y quién fuera hipsipila que dejó la crisálida, para recordar viviente cada olor y cada coyuntura, en la que se fundieron algunas veces las almas.

Así, como en el ciclo de vida de las mariposas, se ha muerto tantas veces el atardecer. Funesto aparece el escenario de la naturaleza que mantiene lo eterno. Y así, casi al mismo tiempo, me observo divagando entre atardeceres moribundos y la explosión de cada crisálida.

Veo como escapan de su prisión alas y colores. Por eso es un atardecer diferente, lleno de magia.  Magia al fin, que desaparece en la muerte, como las mariposas, que al día siguiente y bajo los rayos solares, han quemado las alas en un espantoso crujido…

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