EL SILENCIO
I.
Bajo
la intensidad de las luces que se difuminan en la noche, llegó bajo una onda
tibia, un letargo profundo. Quizás a la distancia, parecían en sinfonía, los
sonidos de lágrimas al caer y se esfumaban, al parecer extrañamente, las
tristezas de las almas solas. Se dispersaron las palabras en manada, como si
asechara algún depredador cerca, se ocultaron tras las sombras y algunas formas
intangibles que se pavoneaban como si participaran de una celebración
victoriana. El baile, ese movimiento inconcluso que insita al sexo, a las
palabras obscenas, al lascivismo, aparentaba más un rito dionisiaco que una
alegoría citadina, en la que casi siempre participan los más jóvenes y los más
desperdiciables. Casi al mismo tiempo que los deseos sublevan la mente y se
dispersan en hormonas alteradas, el silencio se dispara hacia mi, con ese olor
a noche deslunada, solo y hambriento. Las corrientes y las respiraciones de
esos otros contaminaban mi aire, lo comprimían en balas de oxigeno inexistente,
y junto a mi, aquellas dos sonrisas de siempre, fulgentes y amables que
acompañaban mis meditaciones. La felicidad aparecía paulatinamente y se
desvanecía casi al mismo tiempo que el hedor de tantos cuerpos. Una tras otra,
las felicidades incompletas, se hacían mas evidentes, y mientras recorrió
aquella sonrisa conocida veinte pasos para llamar las palabras, se desataron
las mías.
Llegó
casi imperceptible, casi humana…
Las
nubes de humo se entremezclaban con las miradas y los gestos, llevándose,
lentamente, los ecos de la rutina que aparece cada vez que dos seres, queriendo
uno de ellos fornicar la esencia ajena, se hacen audibles:
Tienes
algo? – que te importa, a lo mejor tu no tienes nada que ofrecerme…
(El
rechazo y la furia aparecen continuamente, al igual que las aceptaciones que
dirigen los cuerpos a una especie de conjetura física. Todavía yo no he podido
reconocer que es, porque sexo no, ni amor ni odio. Parece una práctica
individual, en la que se abusa del poder que se tiene cuando el licor viaja
intravenosamente hasta el cerebro…)
Esta
vez, no se oyó nada de las cosas que tanto odiamos, y pluralizo, porque de
aquella figura, alcanzaba a observarse la coyuntura intelectual que activaba mi
cabeza. Ella tampoco soportaba la incertidumbre, ni las mentiras insipientes
que se desbordan en hipocresía. Así que nada de eso. Era otra cosa, otra clase
de música, otro espacio, ese tiempo otro, al cual no perteneces. Aunque todavía
no me daba cuenta de que no era otra cosa que silencio. El silencio que trae
consigo más, que un disfraz que augura regalos y promesas que no se cumplen
nunca. Trae todo, quizás porque olvida el lenguaje común, quizás porque se
mezclan las palabras con las miradas y los besos son ambrosía olímpica, más
allá de los labios que se rozan, besos en el ensueño que superan el miedo a
hacerlos reales.
Le
gusta soñar, me he dado cuenta de ello con solo escuchar su piel que se
estremece con sus pensamientos… no se que piensa, pero si se como suena, como
huele, como debe ser esa piel suave que incita a tocarla. Pero no la toco, no
porque no tenga los dedos inquietos, pues mi lastimosa condición, es ese deseo
exagerado a tocar, sino porque me tiemblan las miradas cada vez que me acerco a
ella para darme cuenta que quiere vivir igual que yo, lejos de las leyes
mundanas que nos atan al amor y nos ahogan en la locura. No quiere, al parecer,
enamorarse, ni entregar sentimientos ajenos a su naturaleza, naturaleza
balcánica de los cuentos de Blanchtert, en los cuales las mujeres son seres
superiores que desatan su furia en sexo, y su sexo en veneno. No quiere amar a
nadie, por ahora, ni lastimarse. Quiere vivir, recorrer el mundo, experimentar
con su cuerpo y su mente, y olvidarse casi por completo de los recuerdos que
dibujan los rostros de quienes aparecen frente a sus pasos. Quiere vivir, le
escucho decir, y se apaga su voz cuando yo empiezo a dirigirme a ella.
Yo
quiero vivir, pero a que precio? No lo se aún, y ella tampoco. Imagino cada vez
que la miro, un horizonte pintado de azul y magenta, nubes de algodón de
azúcar, ríos de leche y miel, solo para fusionar nuestras existencias en
silencio. Le temo mucho, por eso, precisamente por eso, le hablo. Quisiera no
hablarle, porque creo siempre saber qué va a decirme. Me odio por eso, porque
si fuera lo suficientemente laxo, dejaría que mi alma se reencontrara con cada
deseo y lo cumpliera. Pero hablo, hablo más que nunca. Cosas interesantes por
cierto, llenas de aventuras, de personalidades, de historia. Salen por los
poros de mi piel, hablan mis cabellos
erizados, mis sonrisas henchidas, mi nostalgia. Escucho cosas aun mas inteligentes
de sus labios, esos labios que provocan hablar, comer, volver a hablar de ellos
y al fin, en un cuadro, pintarlos exhibiendo su color rojo, solo para poder
imaginarlos vivos otra vez. Pero el silencio es lo que realmente aprecio de
ella. Su boca cerrada mientras son sus ojos los que hablan, son sus sonrisas
las que dicen. No sortea nada, todo esta en sus páginas, y bajo el dintel de su
entrada, una puerta abierta.
Bailamos
indiferentes al espacio que nos circula. En rizomas mentales se escapan
nuestras risas y una que otra banalidad de recuerdos antiguos en que nuestra
madurez apenas empezaba a asomarse lentamente, mientras los susurros corren por
los pasillos del colegio y la pubertad altera nuestra libido. Y fumamos.
Fumamos como si fuese el último cigarrillo que queremos fumar, porque
penetramos nuestros pulmones de forma bélica, lo laceramos con el humo, lo
infectamos, duele hacerlo, pero produce ese placer sensitivo. Queremos morir
cada vez que fumamos, solo para revivirnos al fumar otro cigarro y besarnos con
él, con su impúdico aroma, con su excelso sabor, con su miserable y corta vida
que renovamos con otro nuevo… Después de eso, algún sorbo de veneno; el dulce
licor que olvidamos cada vez que reanudamos nuestras conversaciones obligadas,
porque queremos callar, o por lo menos yo así lo creo, para escaparnos a los
valles y las hondonadas, blandiendo la espada contra el escepticismo que nos
tiene el mundo por querer compartir los cuerpos sin condiciones futuras.
Otra
vez, nos llama el silencio pero debemos hablar. Nos obliga nuestra educación,
nuestros principios cívicos, nuestros prejuicios y temores. Pronto, olvidaremos
qué es callar, y nos sumergiremos en ese mar de palabras que no entendemos
claramente, sino que interpretamos sin significados enciclopédicos, para seguir
soñando con encontrar esa otra esfera polar que nos atrae magnéticamente a
penetrarnos, y luego a olvidarnos de que nunca nos enamoramos, simplemente,
porque queremos vivir. Y la vida, así como en nuestra condición mística y
ennegrecida por perversiones y anhelos fatuos, implota su amor, y se transforma
en libertinaje. Eso si, creo que podremos darnos cuenta que tan solo es
libertad, y hacernos el “amor” sin necesidad de sufrir luego por esa herida
profunda que dejamos, el uno en el otro, por mentirnos. Mejor así, entre la
levedad del ser humano, imaginando el lecho onírico de nuestros deseos.
Hacernos todo, sin locuras católicas, y entregarnos a otra clase de relación:
aquella imaginaria de los cuentos de hadas, en los que olvidamos por un momento
que tenemos apellidos y nombres, para simplemente soñar. Entonces la toco, pero
en otro plano dimensional, toco su otra piel, procurando creer que es la suya
propia. El libertinaje desaparece, y entonces, la libertad surge, emana de los
manantiales de nuestra existencia, nos golpea, nos hace sentirnos vivos, cuando
apenas, estamos empezando a morir.
Aparentemente,
el tiempo se esfumó, se fue sin preguntarnos. A lo mejor se fue con ella, para
aquel sitio brillante y lleno de pájaros coloreados por el sueño. Yo me quedo
solo de nuevo, imaginándola. Sólo adentro. Me quedo con el vacío que provoqué
al no tocarla, al no decirle lo mucho que quise tocarla. Se fue con el tiempo
pero dejó su silencio, y eso… por lo menos eso, me queda. No preguntó mucho,
yo, tampoco quise necesitarlo, y al final, ninguno pregunto nada, o talvez,
preguntamos demasiadas cosas, que entremezcladas, volvieron al silencio. Y así,
con su imagen, fue suficiente por hoy.
No
sabría, sin embargo, decir porque digo hoy, cuando mañana, despertaré con su
imagen grabada en mi memoria de hoy. Y no se si vuelva a reencontrarla.
II.
Cuando
despierto así, regocijado de vacío, no me queda otra cosa que volver a fumar.
Me levanto simplemente a hacer lo que todos hacemos, y deleitarnos con nuestra
humanidad, con nuestro olor interno que todos los días, nos repugna. Escondemos
siempre esa pasión por nuestros propios métodos de eliminar la escoria, lo
ocultamos, nos encerramos solo para disfrutarlo en secreto. Así transcurren
todos los días de nuestras vidas, y así, se van por la cloaca.
Igual,
es precisamente eso lo que nos repugna. Eliminarnos. Por eso no he vuelto a
disfrutarlo. Menos hoy. Hoy, con esa imagen de ayer, con esa figura que se
enmarca en aquello que me hace sentir yo, solo quiero pensar. El problema esta
que cuando pienso, sigo pensando, y a causa de mis temores, se convierte el
vicio en mil pesares, nada tengo, y no quiero tener, mientras pienso en mi
propia ausencia. Quiero verme como me vi ayer, mientras la imaginaba desnuda
retozando en sus flores multicolores, mientras cerraba los ojos. Desnuda,
porque solo veía su luz azul, su interior disperso en glorias ajenas a mis
alcances mortales. Parecía un personaje de mis otros cuentos, de aquellos que
escribo cuando me siento diferente a lo que en este mundo, y con la ciudad
despierta, soy.
Quiero
verme así, pero no puedo, porque solo existe en mí pensar, y ahí, en lo más
profundo de mi cabeza, de mi alma, solo es eso, una imagen.
Por
eso no puedo verme a mi mismo. Me veo distinto, diferente a esa figura que ayer
mostraba a los ojos de tanta gente. Esa figura de ayer, vio real la imagen que
intento reproducir vanamente. Ella simplemente no esta aquí, esta adentro de
mis imágenes, archivada, por su propio recuerdo. Y entonces, no puedo hacer
nada, solo puedo seguir despierto y dejar de soñar. Vuelvo a encender el
cigarrillo que se repite cada vez que abro la cajetilla que lo contiene siempre
múltiple, inacabable, con ese mismo sabor que eternamente vuelve a mi, a mi
boca reseca de tanto repetirlo. Y hablo. Hablo conmigo mismo, mientras espero
que despierten los otros que me acompañan. Llegamos hoy mismo, como a las siete
de la mañana, y apenas, han transcurrido seis horas. Deben estar muertos, igual
que yo hace unas horas, mientras me carcomía el deseo. Deseo de verme, mientras
bajaba mi mirada hacia mi propio cuerpo, real, verme cierto, existente.
Olvidarme del simulacro, de mis órganos que organizan los aparatos que me
capturan, que me cifran, me enumeran y terminan por vigilarme. Ese gran ojo que
nos atrapa en los días monótonos de nuestro mundo. Mundo, desde que recuerda la
historia, humano, enmascarado, oculto a nuestro propio entendimiento y que solo
se muestra inconforme, que nos obliga a consumirlo, para luego, olvidarlo. Por
eso quiero que llegue de nuevo la noche, para olvidarme.
Recorro
entonces cada ángulo de su recuerdo mientras espero que los otros despierten.
Viene a mi, de nuevo, casi humana, viene vestida, a lo lejos, con estrellas
azules. Doy un giro, y de repente, la pierdo. Preferí buscar de nuevo a
Blanchtert, mi amigo imaginario. Con él puedo imaginar todo lo que quiero, y
encerrarme en el cristal de mis propios calabozos. Lo saludo con aire de poeta,
para que diga alguna de sus frases copiadas de otros autores. Pero no me dice
nada, solo me señala con su índice, y luego me compara con el cielo. Estoy gris
y cían, por aquello de ser un ser imaginario. Calla mucho tiempo, hasta que me
pregunta con su propia respuesta: la vida es un espiral. Me río y le recuerdo
que Goya lo dijo mientras le entrevistaban bajo las heladas de Venecia, y por
ello, es una pregunta: y tu que piensas? – nada, le digo con el rostro
desvanecido… que las palabras trasciendan al sexo, y el sexo trascienda en
palabras, fue lo único que escribí en su memoria, cuando decidí volver a
despertarme.
Y
al despertar de nuevo, mil imágenes, congeladas, frías, inertes, muertas.
Imágenes de ayer, de esa noche sublime, letárgica. Si pudiera enumerar cada
estrella vista, cada paso dado, cada minuto que observé en el reloj, mientras
su sonido profundizaba en los tímpanos, reventándolos. Esa noche obscura, llena
de niebla, de ese calor insoportable, y que más, olores a anís y a cebada,
perfumes baratos, tacones altos y desgastados por el clima. Una noche mágica
por cierto, pero increíble, inconsistente, miserable a veces, pendenciera cada
vez que enumero sus dibujos en mi memoria. Noche al fin, como todas las otras
noches, en las que nos olvidamos por algún espacio, que simplemente somos
esclavos de nuestra propia ciudad, y nos divertimos de nuestra propia estupidez
del día recorrido. La luz se va con nosotros, para darnos, al fin, el placer de
nadar en un lago de hiel… con ese putrefacto olor a mierda…
Con
solo soñar, digo yo, no basta…
III.
Y así como todo se consume en la fetidez de la
mentira, en esa ilusión vaga e ilusa de ser lo que pensamos ser, porque huimos
del ciclo vital, de ese que nos obliga a alimentarnos, a amar, a estabilizarnos
trabajando tristemente, se abre de nuevo esa cajita vulnerable que guardamos
bajo la almohada, llena de sorpresas. Soñar? Ahora suena como vivir. Si los
sueños de aquella noche fueron ciertos, fueron reales, tangibles, coloreados…
por qué no puede ser la realidad un sueño?
Torna
entonces mis ojos brillantes, y suplico no deletrear mi nombre a esa imagen que
aparece de nuevo al espejo. Solo descubro que es verdad. Que el mundo puede
sostenerse en las manos, puede olerse, morderse, puede violarse. Romperlo,
rearmarlo, destruirlo. Puedo follarme a mi mismo si quiero, sin necesidad de
masturbarme. Reírme de mí, para luego burlarme de mis risas. Y puedo hacer de
mis palabras algo grotesco, maloliente, desagradable, como puedo transformarla
en versos mundanos, baratos, sin clase, para lograr que las mujeres recuerden
mi nombre. Así, solo así, me doy cuenta de mi invisibilidad.
Me
volví invisible entonces, transparente, se me escurrió la sinceridad, y me
perdí tras los motores de carros que estrujaban el asfalto. Volví a mi casa,
solo con la intención de escribir lo que no soy capaz de decir, ni de vivir
siquiera en mi mente.
No
recordé su nombre, solo para torturarme. Me sumergí en los libros, y olvidé que
ese sueño fue real, y que por fin, durante un segundo, fui yo.
No
faltó mucho, nada, lleno y vacío. La mente en blanco me recordó su figura.
Quiero decirle tan solo una palabra, pero no la encuentro. Seguramente no
existe… por eso no le hablo. Sorpresa, revelación, demencia, quizás servirían.
Busco en mi mente, recorro toda su geografía, su cuerpo, su alma, sus labios
rojos. Ya no sirven esas palabras, no sirve nada. Entre ecologías, neuronas,
hojas en blanco, tinta derramada sobre los vientres de cada duende que me
persigue, y no encuentro nada. Quiero quebrarme y esparcirme como agua, llegar
a su piel, beberla, humedecerla de nuevo con mis excentricidades. Ahora la veo,
veo su rostro, sus caderas meneándose al compás de una palabra, pero no logro
leerla. Solo se que no puedo dejarme vencer por la incertidumbre.
Me
decido entonces a buscarla, a decirle lo especial que es, por ser tan lejana.
Por perder su ciudadanía y volverse humana. Por exhibirse desnuda sin ninguna
pena, por ser quien es, tan difícil y clara. Sin embargo, no se si solo son
conjeturas mías, no se si mis suposiciones son reales. Yo soy un ser que se
desprende siempre de su ser intramundano para balbucear mis deseos. Y que
logro? Nada. Hacerle daño, destruirla, arruinarla hasta en su más cálida carne,
diciéndole que solo quiero tenerla. No quiero amarla, no quiero quererla, solo
quiero hacerla mía. Dibujarla en mi, con tinta y pluma, sobre mi, tras de mi,
dentro de mi. Igual ya es mía, porque es su imagen la que tiene todo eso que
imagino. Ella, su geografía real, su sangre hirviente, su visión del planeta,
solo puede pertenecerle a ella. Por eso, no la toco. No quiero destruirla también
como me destruí yo mismo sensibilizándome.
Ni
siquiera me amo a mi mismo. Me venero, me idolatro como a una imagen divina.
Pero no me amo. No siento nada por mi que la demás gente exprese por si misma,
o por otra. Siento otra cosa. Siento las vibraciones de cada movimiento de la
tierra que piso, de cada pared enmohecida por los años. Y así la veo a ella,
llena de vibraciones. Ella es perfecta en mis imágenes, pero debe ser más
perfecta en su propia esencia. Quiero comunicarme con ella por medio de vibraciones,
nada más. Que me exprima y yo exprimirla hasta llegar a su cordón de plata, y
entonces, viajar por él para dejar cada parte de mi sabiduría, y absorber la
suya. Pero no quiero, bajo ningún pretexto, transformarme en sus demonios. Si
ella no puede, por algún motivo, o por algún afecto de su vida mundana, palpar
las vibraciones, me alejare lo suficiente, solo con el fin de no trastocar su
esencia. Le enseñaré mis cosas, mas no le permitiré asirse a mi, porque se que
no quiere detenerse en ilusiones. Quiere vivir, lo recuerdo, pero debe estar
dispuesta y preparada, a convertirse en persona, enmascararse, enamorarse, y
respirar el resto de sus días, el aliento de alguien que se convierta en su
sombra. Yo todos los espacios que recorro, lo hago huyendo, y no quiero dejar
de hacerlo, porque el destino, tal y como ella lo nombra, siempre es injusto.
Si aparece lo que siempre esperaste, aparece distinto, bizarro. Quieres gozar
de la compañía y solo ganas, para mañana, la necesidad, la histeria, la
desazón, la soledad enferma, cruda, malvada, que te consume y te vuelve loco.
Si te enamoras, debes saber de quién y cómo enamorarte. Si simplemente te
entregas a las corrientes y aludes, verás el cielo con otros ojos. Tendrás
deseos de olvidarte de las tristezas, de los sabores amargos, tendrás orgasmos
múltiples, y finales eternos. Eso digo yo, pero me cuesta mucho creerlo. Quizás
ella lo entienda, se lo guarde, y se valla por donde vino… por la fantasía.
Su
pureza de espíritu es inconfundible. Otras purezas son de naturaleza distinta.
Saben los versos de memoria, las leyes, las normas para ser buenas. Su pureza
en cambio, es más profunda y más simple. Trata tan solo de ser ella, cuando se
necesita. Eso es bondad de verdad; se ha convertido en un ser autocrítico, que
se divierte consigo misma. Se comparte con ella misma, reflexiona sobre sus
aventuras y luego ordena cada una de las cosas que aprendió nuevas. No conoce
mucho, pero lo que conoce, lo conoce suficientemente. Y así es como la veo cada
vez que sueño con ella.
Cada
vez que recuerdo entonces el ambiente, cada vez que veo tanta oscuridad y
brumas, me arrepiento de lo que no hago, pero me vanaglorio de mi cobardía,
porque no quiero aparecer como un fantasma, que viene y se va, tan solo para
alimentarse. Explicarlo… imposible. Me da vergüenza, me da pena ser así, cuando
en derredor, todos son distintos. Me siento enfermo a veces, al no ser capaz de
aceptar que soy un hombre, y por lo tanto, soy un ser implícitamente amante.
Pero mi realidad es otra, mi propio entendimiento acerca de mi es tan clara
para mis libros, que redunda en la locura. Así soy y no puedo evitar serlo.
Ella se dará cuenta de sus propios deseos, y me consumirá a su antojo, quizás
sin tocarme, sin enterarse de qué traigo en mi cuerpo.
IV.
Han
pasado muchos días desde que quise hablar con ella. Ella debe estar buscando la
manera de desprenderse de la trivialidad para perfumarse de gloria. No se si
sabe que yo me di cuenta que ya tiene gloria. Dentro de mi propia ausencia
queda algo de sensatez. Si me preguntara hoy si recuerdo su nombre, le diría
que si. Que si lo recuerdo, que lo tengo escrito en el cuerpo.
Por
eso decido llamarla, marco número a número, espero su voz, y ahí, atrás de toda
esa maraña de cables y redes de poder que invisibles atan a las mentes de todas
las personas, la encuentro. Está tranquila, aunque agitada por todo el
movimiento de la ciudad. Ha hablado todo el día, se ha apresurado en buscar a
todos sus amigos. Pero no se ha olvidado de mí. Me recuerda, aunque no me reconoce.
Y sin embargo sonríe, puedo sentir esa vibración desde aquí, porque brilla
demasiado fuerte. Solo la llamé para saber cómo estaba, cómo seguía su fuerte
instinto de supervivencia. Tan solo me dijo que bien.
Decidirme
a verla otra vez fue muy sencillo. Tenía que comprobar que tan inmensa
presencia era cierta, y que su belleza, aún pertenecía a mis sueños. Una
belleza como la de ella es difícil de encontrar, o mejor, difícil de descubrir.
No porque sus ojos o su rostro no posean las líneas que el mundo exige, sino
porque la belleza real, la pureza, se encuentra solamente si se le observa
detenidamente, y con ojos definitivamente nuevos. Los míos, posiblemente estén
muy permeados por las fotografías cosmopolitas. Pero quiero creer que puedo
verla tal y como la imagino. Por eso, no es ningún sacrificio volverla a ver…
es mejor, un reto, una aventura.
Ahora,
en este momento de gloria, que ni siquiera llega a los talones de su propia
membresía, me conmuevo con sus palabras. Mañana la veré de nuevo, solo esperando
reconocerme, por que ella, es profundamente ella, eterna, indisoluble. Es ella,
solo eso, y eso la convierte en alguien real. Pero si logro desprenderme, como
en aquella noche de la liviandad, me transformaré de nuevo, en ese ser
intangible, para acercarme a ella, a su mundo místico.
Lamento
tanto que yo parezca un protagonista de las pinturas de Arcimboldo. Esa
multiplicidad de ideas, que componen un ser imaginario, soy lo que creo que ven
los otros ojos. Por eso lo lamento, porque quisiera que me vieran, por un
milagroso acontecimiento, como un ser renovado, no se si para mi propio bien,
pero sí, al menos como ejemplo de la diferencia. La gente, casi toda, se
comporta igual, y eso, es lo que evita la evolución humana. Nuestro imperio va
a decaer si son desperdiciadas las diferencias. Por eso la busco, ella, ella es
especial porque es diferente. No se comporta borreguilmente tras la sal que la
mano pastora le otorga. Ella va hacia arriba, y seguramente logrará su clímax.
Por eso es diferente, y eso me gusta. Me embriago de solo imaginarla bailando
bajo la lluvia, cubierta de agua, y desapareciendo su cuerpo, para quedarse
como la mejor de las circunstancias, como el mejor de los mundos posibles que
disfrutan muy pocos, porque simplemente no la dejan irse. Creo que ella quiere
irse siempre que termina de hacer algo. Es mejor así, seguramente, porque nadie
se satura de ella de ese modo.
Descubrir
en ella tan heroicos deseos, me hace regocijarme. Yo también prefiero irme a
caminar algunos años antes de reencontrarme con el mismo ser. No me soportarían
mucho tiempo si no lo hiciera. Pero la diferencia radica en que creo que ella
es heroica, mientras creo que lo mío es cobardía. Cobardía a ser tachado de
fenómeno, de loco. Ella, por el contrario, sabe hacer que la vean hermosa, aun
a la distancia. Mis palabras en cambio, cada día se vuelven mas funestas, por
aquello de la irreverencia, de la puerilidad de ellas, de la revolución que
atañen, y eso no solo hace que pronto me olviden, sino que empiecen a temerme.
A ella, en cambio, no puede temérsele de esa forma, porque te aplastaría.
Temerle solamente se puede, de la forma que se le teme a la verdad.
V.
Verla
ha sido, impresionante. Llega tarde y yo estaba erupcionando por mi aberración
al tiempo. No me gusta permitirle al tiempo desperdiciar mi mente en esperas
vacías. Pero cuando llegó, con su cara agitada, su voz temblorosa y avergonzada
por su tardanza, pude superar ese odio. El saludo fue corto, pareció más un
intercambio de estados naturales,
rápidos, violentos y sobre todo, inestables. Mi tormenta mental se apaciguó con
su luz solar, y seguramente su radiación, fue canalizada, controlada, por mi
lluvia huracanada. Así, no mas, nos escapamos del mundo.
El
paisaje era algo frío, decorado de un cielo opaco, reliquias antiguas con
decorados ingleses, casas en las que se respiraban los tiempos pasados. En
aquellos habitáculos, el roce y el aliento de espíritus ajenos a nuestro
entendimiento, revoloteaban dilucidando sus leyendas. El camino empedrado, ya lastimado,
árido por los años, nos mostraba iluminado con una tenue luz, la vía al lugar
de nuestra fuga. No pasaron más de tres o cuatro ciclos de revoluciones lunares
para que nos encerráramos en aquellas paredes llenas de recuerdos. Y ahí,
adentro de todas esas cosas antiguas, detrás de las barreras de la ciudad
actual, comenzamos a tejer una inmensa red para atraparnos en las frases que
nos llevarían luego, a reconocernos.
Nos
vimos mil veces diferentes. A cada palabra, un cuento nuevo, una novela, un tratado
filosófico sin llegar a eruditismos. Algunas veces fuimos interrumpidos por
tangentes tecnológicas, solo para descansar las bocas. Paradas y paseos cortos
para resolver obligaciones fue lo único que nos separó del diálogo. Aunque
parecía, por momentos, más allá que aquí, y de vez en cuando, un encuentro
estelar entre dos civilizaciones desconocidas a toda ciencia. Recorrimos
lentamente nuestros propios mundos, los expusimos a su naturaleza desnuda,
nuestra vida desnuda, vulnerable a todos los castigos legales.
Y
sin embargo, todavía no nos comprendemos. Faltan algunas cosas, muchas o muy
pocas. Pero empezamos a labrar el terreno, solo para prepararnos al destino que
nos trajo aquí, a mirarnos a los ojos, a disuadirnos uno al otro que no
pertenecemos a este mundo. Se acabó el café y la cerveza que habíamos extendido
sobre nuestras páginas. Hablamos de todo, otra vez de todo, descubrimos que hay
una gran diferencia entre lo programado y lo fluido, y al final de ese gran
comienzo, cuando fuimos consientes que este cuento lo escribimos juntos, muchos,
desaparecimos.
Y
entonces, decidimos buscar otro recóndito lugar que nos aceptara tal como
somos… ajenos a toda proeza jurídica, histórica, antropológica. Caminamos un
rato antes de decidirnos a ese sitio, colorido, efervescente, lleno de almas
solas, de nuevo, como la noche que tanto me recuerda su imagen.
VI.
Recuerdo
haberle dicho que escribiría esto. Ya había yo comenzado a relatar toda esta
aparición en las frías hojas blancas, virtuales, de mi conciencia. Pero tanto
ofrece, con su inigualable olor de arcoiris y flores de loto, ese aroma
reticente, marcado, que debí dejar a mi cabeza seguir escribiendo. También
recuerdo el comienzo de la noche: juntos, atravesamos la entrada, solo
esperando que ahí adentro, pudiéramos realizar este escrito. Como era de noche,
habíamos surgido nuevamente como los seres que somos, uno solo con las
tinieblas, asechando, esperando poder atacar las presas que no se percatan de
nuestra presencia. Con solo observarlos, son víctimas de nuestras alusiones.
Las personas son distintas pero no se dan cuenta de eso, y es eso, precisamente
eso, es lo que les damos. Por eso son víctimas, víctimas de su ignorancia y
nosotros aprovechamos eso, nos alimentamos.
Más
no se trata de un canibalismo, ni de un homicidio crítico. Abusar de nuestra
conciencia se vuelve una droga contra la droga. Todos los otros, los que están
afuera de nuestro afuera, se trasportan a un paraíso artificial, solo con
consumirse en los licores dulces que ofrece nuestra sociedad plástica. Aunque
nosotros, al igual que ellos, compartimos tales suicidios de nuestra
originalidad, no nos sublevamos a esa dimensionalidad. Sentimos la naturaleza
biológica de nuestros cuerpos, sin necesidad de embriagarnos con esencias malditas. Por eso nos alimentamos de su ignorancia, los
observamos, los estudiamos y luego, procuramos dejarlos abrir los ojos. Cuando
las personas están ebrias, pierden todos los prejuicios, se desinhiben, y
actúan como sus cuerpos quieren. Nosotros, en cambio, nos comportamos así
siempre, a diferencia de que nosotros somos consientes de ello. Nos importa
poco exponernos tal como somos, ambos, queremos nadar en los lagos sin nada que
aprisione la sensibilidad de la piel, pero lo hacemos para sentir el oleaje. Los
otros, ni siquiera lo recordarían, lo harían dormidos.
Suele
suceder, que cuando hablamos, somos atravesados por cortes transversales, que
recorren desde la piel hasta la médula, sin herirnos. Nuestros nervios
funcionan maravillosamente, y al fin, acontece algo verdadero, existente,
múltiple y sin simulacros. Sus manos son una ventana a su propio universo.
Cuando toco sus manos, puedo saber quién es, y a que le teme. Le tiembla la
piel cuando palpitan sus labios y yo se lo digo, así, sin remordimientos, que
se tornan distintos y hermosos. La luz juega con su rostro, con su cabello
ondeante, y todo me lo trasmite por sus manos. Jugueteo con ellas durante algún
tiempo, solo para enseñarle a sentir las mías. Le explico mis secretos, mi
humedad que evita absorber la suya propia, devolviéndole su movimiento.
Entonces moja sus manos, las sumerge en el agua, y aprende a sentirme, de esa
manera, que yo siento. Me ha dicho muchas veces que su mayor incógnita, es
saber como sienten los que están al frente. Yo le he dicho que es difícil
lograrlo, pero que con tacto, por lo menos sobre superficies húmedas, hay más
acercamiento que con la imaginación. Hacer sentir, vibrar la otra piel, vibrar la propia, en un ritual
montaraz, rústico, tal y como llegamos al mundo, a tocar para conocer. Siempre
que conoces, tocas, recorres su superficie, lo grabas en las yemas de los dedos
y solo así puedes volver a reconocerlo.
Pero
mis enseñanzas se vuelven frías, calculadas. Las de ella, son más que una
caricia. Es ese silencio, el silencio, con el que se expresa, con el que se
plasma. Su silencio no solo dirige las miradas a sus secretos y oscuridades,
sino que ilumina, en forma de procesión, los lugares más ocultos por los
ropajes. Los haces de luz que ella genera son símbolos de descubrimiento. Como
si se tratase de un emblema, de un blasón izado al viento y a la lluvia que lo
rocía cada madrugada, su espíritu se muestra hilarante, deseoso, casi consiente
de su propia existencia. Sus pliegues son discretos, cada fisura, cada grieta
de su corazón se muestra coherente con su mente, se conectan en múltiples
recetas y constelaciones, con su avidez y sus hazañas. Ella se redime a sí
misma, se contempla para luego saltar de su prisión y laurearse con los
jardines colgantes de su propio Edén.
La
música la desborda, hace que sus líquidos fluyan hacia el exterior para
perfumar el ambiente. Su microcosmos se transforma entonces en todo un
universo, ordenado por el caos. Su nombre, si lo dijera ella misma, sería corto
para expresarla. Resulta que a cada palabra que emite, que yo emito, le
encuentra una conexión pulsativa, que vibra, desde adentro de sus propios
temores. Teme a la muerte que la separa de sus anhelos, aunque ella misma se
aleja, para no mantenerse preocupada con sandeces y revoluciones cardíacas. Sin
embargo, vuelve en sí, reflexiona, y se encuentra confundida con los anclajes
que otros han tendido sobre ella, péndula entonces, y me pide silencio. Mi
silencio, sobre todo mi silencio mientras río, la divierte. Quiere olvidarse por
un segundo de todas mis preguntas, de todos mis llamados a desorbitarse. Le
gusta, por momentos, sentirse humana, amar, quedarse. Aprovecha todo lo nuevo,
pero con miedo.
No
se si le produzca miedo mi conducta. Sabe que quiero besarla, ella misma lo
intuye, pero sin morderse los labios. Creo que es perfectamente consiente que
si la beso, entenderá mi distancia, y se acercará lo suficiente, para
mantenerme libre. Con tantas metáforas y tantos recitales de mis viajes y mis
concesiones, ella ha logrado compilarme y demostrarse a sí misma voluntad.
Nuestra voluntad parece igual, voluntad de saber, voluntad de poder aplicar
nuestro saber. Se alimenta de mi, logra hacerme decir lo que quiere oír, con
todo ese misterio que emano, y luego vuelve y calla. Su silencio sorprende.
Y
mientras nos decidíamos a observar más allá de la distancia acostumbrada, a
permitirnos el paso que dirige a la dimensión desconocida, esa que solo algunos
pocos han podido cruzar, se detiene, me observa detenidamente, se para, habla
con alguien, y en ese mismo momento, lo dice. Tengo y no solo tengo algo,
alguna cosa, quizás dolorosa, existe en mi, está ahí, vive cerca.
Ella
tiene a alguien en su vida mundana. Lejos de todo ese mundo construido por sus
deseos, por su visión aventurera, por su misteriosa presencia, esa otra
persona, existe. Representa, por así decirlo, el otro yo, la otra cara, el
universo sólido que posee. Si los sueños se desangraran, sería ya este lugar,
un cubículo sanguinolento, caliente, con ese olor a presa, lista para ser
destruida. Me detengo ahora yo, con aire de recelo, miro en rededor, nadie me
observa y a nadie le interesa mi presencia, solo tengo tiempo para preguntar: y
esa naturaleza coartada, disoluta, paralela, como la soportas? No dice nada,
solo dice, después de muchas expresiones de su rostro pensativo: lo único que
me interesa es aprovechar la posibilidad de conocer a otros, me apego a ellos,
canto y surjo con ellos, vuelo con ellos, sin sorprenderme. Muy pocas cosas la
sorprenden. No se si se sorprenda con todo lo que quiero decirle… porque de mi,
no puede apegarse, somos seres viajeros, cambiantes, invisibles.
Cuando
vuelvo a preguntar, me pide silencio, me calla, me mira. Con esa mirada, otra
vez profunda, diciente, que grita, me calla. Me pide que lo olvide, que no me
importe; y no me importa, ni siquiera me importa lo que yo mismo pienso. De eso
ha podido sorprenderse. Sabe que soy algo distante, pero no comprende mi
pensamiento. Sabe que voy a guardarla en lo más profundo de mi corazón, solo
para recordarla. Si fuera de otra forma, la perdería. Ella y yo sabemos que si
trasgredimos nuestra propia naturaleza, moriremos, y surgiremos como dos
personas, nuevas radicalmente, funestas y perniciosas. Perderíamos la razón de
nuestra existencia: alimentarnos de múltiples e infinitos seres, comer su
espíritu, su cuerpo y su mente. Sin dañarlos, claro, pero con esa sutil
gentileza que caracteriza a los diferentes: su ausencia.
Así
que callo, ella calló hace un rato intentando obligarme, no se, contagiarme
mejor, o consentirme con ese silencio que tanto me gusta. Ella sabe como
tenerme y sentirme indispensable. Por lo menos, así me mantiene callado,
diciéndome lo especial que aparento ser. No se si planea cada frase, cuando
habla, por supuesto, para mantenerme callado. Le gusta el silencio, al igual
que a mi, aunque no se qué clase de silencio… no se si será ese silencio que a
mi me gusta, silencio del verbo, en el que solo suenan, trastornadas, las
pieles que se rozan, el agua derramándose sobre el césped que nos mantiene
suspendidos cuando soñamos en un parque. Su silencio deja volar la imaginación
y por eso, simplemente, escucho su piel. Su piel habla, susurrando, que la
toquen. Yo oigo ese deseo, sobre todo, cuando habla su cabello. Ese cabello
suave, extraño, perfumado de sueños. Su cabello es su pase al valle de los
sueños y por el, como si fuera una puerta, viaja, duerme y se pierde.
En
este momento, nos hemos partido en dos, se han partido en dos esas dos especies
extintas por sus propios poderes. Circunspectas, en primaria decadencia, se
mantienen ahí, creciendo, solo esperando poder atacarnos. Y así, desatándose,
nos atrapa el tiempo en el que no creemos.
Cuando
decidimos irnos, se borra de nuestro horizonte la posibilidad de seguir
embrujados por las luces y la suavidad del suelo que nos sostiene. Caminamos lo
suficiente para salir de ahí, a devolvernos, de forma cáustica, a la verdadera
noche. No hay muchas estrellas, las montañas están ocultas por una espesa capa
de aire frío, gris, meditabundo, de ese aire que los noctámbulos abusan para no
poder dormir. Es un aire que se mete hasta los tuétanos, corta los músculos
hasta helarlos y dejarlos inertes. El cuerpo se congela, pierde su
efervescencia, se detiene dejando solo a la mente funcionando. Pero vamos
juntos, caminamos juntos y se nos olvida el frío.
Al
final, en esas circunstancias, no queda más que despedirse. Nos miramos a los
ojos, esperamos, hablamos otra vez, para intentar que el silencio no surja y
nos entreguemos a él, esperando algo evitable. La abrazo, solo con el fin de
apaciguarnos, de sentir que pertenecemos a algún lugar, rodeado de cómplices.
Simplemente, nos separamos huyendo.
Y
como si todas estas palabras se esfumaran, se desvanecieran mientras se hunden
en el papel, ese cuerpo que absorbe la tinta, que la humilla bajo su fuerte
luz, se acaban las palabras. Una a una se borran y desaparecen. Mucho ha
quedado en el tintero, pero mis manos, poco pueden decir…
A
lo lejos, escucho sus pasos internarse en su espacio. Su casa, que tiene para
ella sola, la protege de la pobre y agobiada realidad de esa calle fría,
insegura, trastornada por figuras que deambulan insignificantes buscando al fin
la paz. Esta noche, yo soy uno de ellos, retornando al fin, a mi soledad llena
de humo…
Y
vuelve al silencio la noche desesperada, suena el viento que atraviesa la
ciudad ondeando traviesa, me olvida para dejar que ella surja y se esfuma toda
su oscuridad cuando despierta el día…
Hablamos
de nuevo a pesar de la distancia, y se apagan las voces, esperando a que sea
mañana… para condenarnos…
Ufff perro por más que quise no pude con todo eso... y me di cuenta que para literatura no doy...
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