CUANDO APARECE.
Aparecían
rastros de aquellos espacios que en algún lugar se habían trastornado hasta
desvanecerse. Rastros únicos, como rayos de luz, que atravesaban el cuerpo, los
ojos, cada coyuntura entre el hombre y su inestable existencia. Esa existencia
solemne, desbaratada entre filfas y promesas perennes, ya olvidadas por otros
seres que deambulan entre sábanas, licores y estupideces, dejaban un rastro
oscuro, neblinoso, denso y fétido, como cada una de las mentiras que los habían
dejado. Eran espectros resinosos, virales, ya alimentados por la ausencia de
virtud, que emitían moxtes y banalidades, con la única intención de torturar. Y
el hombre, ese hombre vencido, solemne aún entre sus letras pero muerto ya
entre los caminantes y laderas desplomadas, ese hombre lleno de mal, no
caminaba. No podía caminar ni emitir los ecos de esas horribles sonatas.
Sonatas dirigidas en contra de sus virtudes, exequias de sus antiguos triunfos,
maldiciones antes encontradas en la inestable marea que lo ahogaba.
Era
un hombre perseguido, esas bestias horrendas, apagaban al esténtor, lo
callaban, mientras roznaban con sus huesos enterrándolos en lo más oculto de la
soledad idiota, sucia, que todos los días recuerda el pasado acompañado, por
seres aun peores que la imagen misma que se refleja al espejo con la cara
amargada, marcada en lejías profundas hechas a través de los años.
Una
vida funesta, llena de sandeces, de fruslerías icónicas, de imágenes
cosmopolitas repletas de insensateces. Era ese hombre vago, destruido y triste
que desaparecía, hasta en sus propias liturgias, llenas de palabras heridas y
consumidas por un rencor omnipresente. Pero ella llegó. Volvió después de
muchos espacios vacíos en los que ella misma se ausentaba. Hace tiempo se
conocían, más tiempo que el que pudieran recordar. Ella, con su sonrisa
inefable, con su profunda y mágica mirada, le recordó la posibilidad de
respirar. Ella apareció en el momento más indicado, para irse después, otra
vez, con su vida, dejando en la vida de ese hombre, una sonrisa.
Esa
mujer se fue dejándolo. Se fue distinta y trasformada. Nunca dijo nada, ni
agradeció cada cosa que el había creado para ella. Nunca recogió sus lágrimas
ni explico sus desfalcos. Nunca llamó para saber cómo estaba, si su corazón
funcionaba y si en su pecho había algo. El sabía que no había nada. Era un
vacío infinito, oscuro, muerto. Era su propio yo destruido. Era el. El era el
vacío. Nada podía hacer ni decir, y ninguna de sus obras póstumas le dieron la
oportunidad de sobrevivir.
Cuando
ella aparece, el revive algunos instantes para luego perderse entre espectros
tristes. Llora algunos días, sin cesar, pero no es capaz de morir totalmente.
Es una sombra detrás de mil máscaras, y ni él, conoce ese rostro, ni esos ojos,
ni la verdad que hay detrás de ellos. No puede cegarse para evitar que esa
mirada pueda fijarse nuevamente.
Y
cada vez que quiere verla, vive y muere.