miércoles, 14 de marzo de 2012

Cuando Aparece


CUANDO APARECE.

Aparecían rastros de aquellos espacios que en algún lugar se habían trastornado hasta desvanecerse. Rastros únicos, como rayos de luz, que atravesaban el cuerpo, los ojos, cada coyuntura entre el hombre y su inestable existencia. Esa existencia solemne, desbaratada entre filfas y promesas perennes, ya olvidadas por otros seres que deambulan entre sábanas, licores y estupideces, dejaban un rastro oscuro, neblinoso, denso y fétido, como cada una de las mentiras que los habían dejado. Eran espectros resinosos, virales, ya alimentados por la ausencia de virtud, que emitían moxtes y banalidades, con la única intención de torturar. Y el hombre, ese hombre vencido, solemne aún entre sus letras pero muerto ya entre los caminantes y laderas desplomadas, ese hombre lleno de mal, no caminaba. No podía caminar ni emitir los ecos de esas horribles sonatas. Sonatas dirigidas en contra de sus virtudes, exequias de sus antiguos triunfos, maldiciones antes encontradas en la inestable marea que lo ahogaba.

Era un hombre perseguido, esas bestias horrendas, apagaban al esténtor, lo callaban, mientras roznaban con sus huesos enterrándolos en lo más oculto de la soledad idiota, sucia, que todos los días recuerda el pasado acompañado, por seres aun peores que la imagen misma que se refleja al espejo con la cara amargada, marcada en lejías profundas hechas a través de los años.  

Una vida funesta, llena de sandeces, de fruslerías icónicas, de imágenes cosmopolitas repletas de insensateces. Era ese hombre vago, destruido y triste que desaparecía, hasta en sus propias liturgias, llenas de palabras heridas y consumidas por un rencor omnipresente. Pero ella llegó. Volvió después de muchos espacios vacíos en los que ella misma se ausentaba. Hace tiempo se conocían, más tiempo que el que pudieran recordar. Ella, con su sonrisa inefable, con su profunda y mágica mirada, le recordó la posibilidad de respirar. Ella apareció en el momento más indicado, para irse después, otra vez, con su vida, dejando en la vida de ese hombre, una sonrisa.

Esa mujer se fue dejándolo. Se fue distinta y trasformada. Nunca dijo nada, ni agradeció cada cosa que el había creado para ella. Nunca recogió sus lágrimas ni explico sus desfalcos. Nunca llamó para saber cómo estaba, si su corazón funcionaba y si en su pecho había algo. El sabía que no había nada. Era un vacío infinito, oscuro, muerto. Era su propio yo destruido. Era el. El era el vacío. Nada podía hacer ni decir, y ninguna de sus obras póstumas le dieron la oportunidad de sobrevivir.

Cuando ella aparece, el revive algunos instantes para luego perderse entre espectros tristes. Llora algunos días, sin cesar, pero no es capaz de morir totalmente. Es una sombra detrás de mil máscaras, y ni él, conoce ese rostro, ni esos ojos, ni la verdad que hay detrás de ellos. No puede cegarse para evitar que esa mirada pueda fijarse nuevamente.

Y cada vez que quiere verla, vive y muere.

domingo, 4 de marzo de 2012

Ocaso


OCASO

Lo último que escuché fue el sonido del líquido que asomaba por mis oídos recordándome mi intención de extinguirme ahogado. Hace dos días que estoy completamente sordo: he comprendido al fin aquella frase de que los oídos ven mas allá de lo que escuchan, mientras imaginaba de nuevo como el  líquido primero llena tus oídos, tu boca, y tu garganta, para luego apropiarse de los pulmones y dejarlos incapaces de respirar. Ahora que no escucho más que a mi mente y el continuo palpitar de mi corazón, dejo a mis oídos ver, en vez de escuchar… es una forma de comprender lo incognoscible…

Desde hace dos días, recorro el mundo con esa sensación de escalofrío. Mi piel se torna azul y mis ojos se cristalizan como las miradas de los que caminan por el Averno, esperando el juicio final. Pasos meditados, asustados, temblorosos hacia un abismo que purga infinitamente los pecados pero que jamás acaba, dejando para siempre esa humillante memoria de los que nunca se perdonan a sí mismos. Inició el día que vino a mi mente la imagen de sus labios tocando otros muchos, sedientos de llenar vacíos inexplicables; una triste imagen que me repugna hasta los tuétanos. Escuché en medio de la noche los susurros de la culpa. Mi piel tibia abrazaba como otrora tiempo la duda y el miedo a verme ridiculizado por sus propias mentiras. Ya dibujado en grises matices mi figura en su mente, un vórtice hecho añicos de mi propia existencia y carcomido por miedo, desesperación y desconfianza, no era otra cosa que un fantasma de mi mismo. Con los años, mi ausencia abrazaba cada rincón de mi horizonte esperando en el dintel de la puerta que ella regresara, tal y como la vi aquel abril, hasta olvidar el camino de regreso que me llevaría al Aqueronte.

Al fin, hoy veo al frente un campo desolado y árido. Mi amor seca los colores de aquello que algún día fue mágico. Sin poderes, morirán a la sombra las ruinas del puente levadizo, el castillo de cristal y se apagarán los campos de almas sin esperanza. Los rayos del sol no tocarán de nuevo con su música entre los picos que adornan la playa en donde las huellas un día cambiaron el destino. Huele a muerte y agua putrefacta.

No escucho el sonar de las hojas que en otoño llenaban los jardines, pero si puedo ver el crujir espantoso de las ramas que caen impotentes ante la sequía. Toda el agua, vida del bosque está ahogando mis entrañas y destrozando todo aquello que alguna vez vi, y que fue asesinado en la boca de otros. Curiosa forma de cumplir mis mortales intenciones: un beso crea mi universo lleno de hechizos y dos besos que no fueron míos, como un hoyo negro lo destinan al olvido.

Recita al fin un halo de paz entre los tambores de guerra! Ahogado en aguas negras se apagan las trompetas… digno final para una mala historia. Efigie de mi mórbida existencia, adornada de fantasías y perfecciones. Mi hoz no acumula ya almas en mi colección de calaveras y la muerte que viene soy yo mismo: verdugo de mi destino. A donde iré si mi mano es la que guía? Mi espalda negra soportó el ocaso pero qué o quién soportará mi ausencia? a quién dirigirán los insultos después de los besos que la muerte trepida? o acaso no habrá muerte? ya no existirá sin mi si así me llaman?


El agua solo limpia mis huesudas entrañas...



jueves, 1 de marzo de 2012

QUIÉN FUERA HIPSIPILA QUE DEJÓ LA CRISÁLIDA.


QUIÉN FUERA HIPSIPILA QUE DEJÓ LA CRISÁLIDA.

He visto demasiadas veces el atardecer. He visto como se ahoga en las montañas la inmensa llama naranja que hierve, ya sin aliento, las melancólicas gotas del rocío que aún guardan el insomnio de los paisajes que empiezan a viajar dormidos hacia la noche. Atardeceres de todos los matices que guardan aun recuerdos de ayer, de días antiguos y heridos, de tardes ausentes y tristes. También luces rojizas como arenas desérticas, aparecen en cada atardecer trayendo insuperables alegrías en las que ver el atardecer era una obra de arte pintada en el cielo para inmortalizar el amor.

Hoy es un atardecer como muchos otros que nunca se recuerdan. Un atardecer bañando de rayos suaves, adornado de azul y verde, humedecido por las lágrimas del norte que vienen agasajadas de los templos de Odín. El viento acaricia suavísimo los prados, mientras golpea gentilmente vidrios y asfalto, rompiendo silencios y depresiones de encierro, como canta al mismo tiempo que corazones risueños atrapados en nirvanas. Un atardecer perfumado de noche, iluminado ya por algunas ráfagas del fin del ocaso en el que empiezan a brotar estrellas de las que emanan dulces estelas, centelleando el horizonte, y de las que alcanzan a verse imágenes e historias tejidas sobre la línea del tiempo por manos múltiples que acompañan cada día de la humanidad.

Un atardecer discreto, sin mucho ruido citadino, sin muchas sombras y sin muchas premoniciones. Un atardecer que apunta al este, desmitificando toda brújula y bruja. Un atardecer en la que magias y hechizos revolotean invisibles, desvaneciéndose lentamente en la hondonada, debido a que la naturaleza no permite más invenciones humanas para detener sus espacios, en los que eternamente cumplen sus ciclos y sus vidas, los hombres, los árboles y las mariposas.

Pero al horizonte adornan colores difuminados, que llevan las alas de mariposas, que llevan los ojos, que llevan las manos. Dejan rastros los colores que surcan el paisaje ondeando en la lánguida muerte del sol en la ciudad. Es en este instante que recuerdo aquel rostro, que recuerdo como enternecido se apoyaba en mis hombros y como fusionado junto al mío, elevaba en los sueños un futuro incierto, que hoy a la distancia, perece en lo alto de mi mundo, y suspendido ahí,  un triunfo no alcanzado me recuerda.

Entonces recorro el devenir y las cornisas, las calles y los pastos, recorro fascinante desde mi ventana cada árbol que alcanzo a visualizar virtualmente en mi conciencia, y cada pájaro, y cada gato y cada perro. Y al fin de observar cada rincón en mi mente, al terminar mi sueño y mi presagio, brota al fin de cada  crisálida una hipsipila, que vuela bajo aleteando entre respiraciones de las hojas, buscando algunas flores, buscando algunos sueños. Es bello seguir el rastro de las mariposas. Es mágico imaginar como vuelan y se posan sobre aquel cuerpo y rozan su piel, y como sus alas cosquillean sus curvas imitando mis caricias. Y quién fuera hipsipila que dejó la crisálida, para recordar viviente cada olor y cada coyuntura, en la que se fundieron algunas veces las almas.

Así, como en el ciclo de vida de las mariposas, se ha muerto tantas veces el atardecer. Funesto aparece el escenario de la naturaleza que mantiene lo eterno. Y así, casi al mismo tiempo, me observo divagando entre atardeceres moribundos y la explosión de cada crisálida.

Veo como escapan de su prisión alas y colores. Por eso es un atardecer diferente, lleno de magia.  Magia al fin, que desaparece en la muerte, como las mariposas, que al día siguiente y bajo los rayos solares, han quemado las alas en un espantoso crujido…